“Quiero ser recordado por mi sello cinematográfico”: tributo a Ben Rivers en el FICCI 65

Por Nina Lozano y Natalia Yáñez

La brisa nocturna de Cartagena, cargada con la humedad característica del Caribe, luego de escabullirse tras las rocas en las que se cimienta el boquetillo parecía detenerse al cruzar el umbral del Teatro Adolfo Mejía. El 16 de abril del 2026 no era una noche cualquiera para la edición número 65 del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI); era la ocasión perfecta para honrar a un cineasta que, en palabras del director artístico del festival, Ansgar Vogt, transforma de manera particularmente silenciosa pero profunda nuestra forma de ver el mundo.

Bajo la imponente cúpula del teatro, el ambiente se sentía expectante. El recinto acogía a Ben Rivers, cuya obra se sitúa entre el documental, la ficción y las artes visuales. Al subir al escenario para recibir el India Catalina, el máximo galardón del festival, Rivers no solo cargó con una estatuilla, sino con el reconocimiento a una trayectoria que ha desafiado las fórmulas comerciales para abrazar la materialidad de las películas de 16 mm.

Durante el acto, se habló de un cine que no busca imponer respuestas, sino dejar que las imágenes hablen por sí solas. Un cine que observa, que se detiene y que encuentra en lo cotidiano una forma distinta de mirar el mundo. Fue un tributo a la paciencia, donde la luz y la textura del grano se convierten en parte esencial de lo que se cuenta.

Rivers, con una sencillez que contrastaba con la solemnidad del teatro, confesó sentirse honrado por estar en un festival de tanta trayectoria. Además, agradeció a un público que coincidía con un cine que se aleja del “tono capitalista” hollywoodense, permitiendo que el cine respire como un medio artístico y atmosférico.

Y así, con la estatuilla en manos de Rivers, la atmósfera del teatro cambió. El murmullo de los aplausos cedió ante una penumbra sagrada. La película estaba por comenzar.

Las luces comenzaron a desvanecerse, indicando que el protocolo le cedía su lugar al arte. El escenario estaba listo para que la luz del proyector hiciera su magia y es aquí donde la experiencia se vuelve pura imagen y sonido.

Mare’s Nest aparece sin prisa. En pantalla, una niña llamada Moon recorre un mundo habitado por otros niños, un espacio donde no hay adultos y donde las reglas parecen construirse sobre la marcha. Los personajes se encuentran, juegan y crean sus propias dinámicas, como si se tratara de una comunidad improvisada.

No hay una historia lineal que guíe cada paso. La película avanza a través de momentos: caminatas, conversaciones y silencios que se van acumulando. Ese recorrido transforma lo que en principio parece un juego en algo más complejo, donde lo fantástico y lo real se mezclan sin necesidad de explicarse.

Cuando la luz regresa lentamente a la sala, el silencio permanece por unos segundos más. No hay una historia que cerrar, pero sí una sensación compartida. Como si, por un momento, el tiempo dentro del teatro hubiera seguido otra lógica.