Música para cines: otra cara de la música en Colombia en el FICCI 65

Por Natalia Yáñez

En el marco del FICCI 65, una idea quedó resonando más allá de las salas de proyección: en Colombia, la música ha logrado consolidarse como una industria fuerte y exportable, mientras que el cine aún no aprovecha del todo ese potencial. Artistas y compositores han llevado el sonido colombiano al mundo, pero esa misma fuerza no siempre se traduce en el cine nacional.

El conversatorio “Cineastas que hacen música. El compositor como aliado de la producción”, realizado en la AECID, reunió a figuras clave como Santiago Lozano (Universidad de los Andes), María Linares (ACACC), Diego Ramírez y Diana Díaz (DACMI-MinCulturas). Más que una charla técnica, el espacio dejó en evidencia una realidad incómoda: el cine colombiano está perdiendo una oportunidad.

No por falta de talento, sino por cómo integra —o deja de integrar— la música en sus procesos. Muchas producciones, aunque buscan una identidad propia, terminan apoyándose en relatos sobre problemáticas sociales o en ciertos estereotipos. En ese camino, la música acompaña, pero no siempre se construye desde el origen del proyecto. En muchos casos, parece un elemento añadido, cercano a lo que podría escucharse en cualquier plataforma de streaming.

Esta contradicción no es solo una percepción. Durante el conversatorio se presentó una cifra reveladora: entre 2020 y 2026 se registraron 46 largometrajes con música original, pero solo una parte menor contó con compositores colombianos. La pregunta entonces no es si el cine colombiano tiene música, sino por qué, teniendo un ecosistema musical tan sólido, esa música no está siendo realmente colombiana.

Pensar la música desde el inicio no solo fortalece la narrativa, también abre posibilidades en términos de distribución. Las bandas sonoras generan recordación, construyen identidad y, en muchos casos, trascienden la película. No es casualidad que existan conciertos dedicados a música de cine o que ciertas composiciones se conviertan en fenómenos independientes.

A pesar de esto, el panorama no es pesimista. La industria audiovisual colombiana ha crecido junto a un ecosistema cultural sólido. Hoy hay una oportunidad real de que el cine colombiano encuentre en su propia música una aliada estratégica, no solo para contar mejor sus historias, sino para proyectarlas más lejos.

El reto es claro: dejar de pensar la música como un añadido y empezar a entenderla como parte esencial del cine que queremos construir.