Les voyageurs, un viaje que no debería olvidarse

Por Juan Sosa

“Si te caes siete veces, levántate ocho” dice un famoso proverbio japonés. Pero ¿Cómo te levantas la octava si con cada fracaso se pierden en el camino muchos de los tuyos? Les Voyageurs, el documental con el que David Bingong convirtió su propia migración en cine, se hace la misma pregunta.

Esta es la ópera prima de David Bingong, un cineasta camerunés que entre 2013 y 2015 documentó con una cámara su propia migración hacia España, pasando por campamentos improvisados en la frontera marroquí. El resultado de estas grabaciones es un documental que ganó el Premio Especial del Jurado en Visions du Réel, uno de los festivales internacionales de documentales más importantes del mundo.

El film relata la convivencia diaria de un grupo de jóvenes cameruneses atrapados en Marruecos, donde sobrevivían alimentándose del poco alimento que conseguían a la espera de una oportunidad para cruzar la frontera con éxito. Y es que, en un viaje tan largo, hay espacio para todo, y en medio de estos intentos fallidos, Bingong los filma desde adentro: comparte su hambre, sus bromas y las canciones que improvisaban para que no decayeran las ganas de seguir intentándolo, convirtiendo la cámara en el único recurso que nadie les puede quitar.

Bingong grababa, pero no estaba pensando siquiera en hacer un documental, grababa porque tenía una cámara. Esa inconsciencia es precisamente lo que le da mayor valor al documental. No hay diferencia entre quien filma y quienes son filmados, todos comparten la misma incertidumbre. Esto se nota en cómo evoluciona la reacción de los jóvenes frente a la cámara, pasando de ignorarla y evitarla a buscarla para ser grabados, como si filmar fuese una forma de decir “aquí estamos”. 

Sin embargo, hay una grieta sutil entre el Bingong que filmaba y el que narra porque hay una voz en off que acompaña las imágenes,pero no habla en francés ni en lingala: habla en español. Es la voz de alguien que llegó, que cumplió el objetivo por el que todo aquello valió la pena. Es un hombre que mira hacia atrás desde la otra orilla, con una nueva lengua y una vida distinta, sin olvidarse de nada.

Pero él no solo filmaba: era el artista del grupo, el que mantenía viva la moral colectiva con canciones improvisadas sobre lo que vivían. Ahí radica una labor que puede pasar desapercibida en la pantalla pero que sostiene toda la película. Sus canciones no buscaban embellecer la experiencia, la nombraban sin filtro. Una de sus líneas lo dice todo: "la amistad con los árabes no es amistad". No es un juicio, es una cicatriz cantada, el registro de una violencia vivida en carne propia en una tierra que nunca fue de tránsito voluntario.


Les Voyageurs no es una película sobre la migración como tragedia. Es una película sobre lo que los humanos somos capaces de construir incluso cuando no tienen nada: un chiste, una canción. No filmó el sufrimiento, filmó lo que sobrevive a pesar de él.