“Las almas ni los ojos”: memoria, violencia y reencuentro
Por Mariana Fortich
Hacía más de cincuenta y cinco años que Pacho no regresaba a su pueblo, Anserma, aquel sitio que lo abrazó con sus calles y colinas, el mismo que más adelante le mostró las escenas más atroces que marcaron a Colombia.
El largometraje titulado Las almas ni los ojos producido por Canela Reyes y César Jaimes no se limita a mimetizar el impacto que tuvo la violencia en la vida de muchos colombianos, pues se encargaron de reconstruir una historia real protagonizada por la misma persona que la vivió, Pacho.
La propuesta narrativa de guiar la historia a través de los fragmentos de una imagen de archivo real de hace setenta y ocho años de Sady González (uno de los primeros registros fotográficos inaugurales de la violencia, específicamente del Bogotazo) resulta bastante interesante y cómo esta es capaz de generar una gran añoranza de la cual se desprenden dos versiones del mismo personaje en la película: aquel que está en el presente, observando la imagen, y aquel que viaja imaginariamente al pasado, como la manifestación de su deseo de volver para recorrer nuevamente las calles de Anserma.
En medio de este retorno simbólico, se marcan momentos y personas importantes en la vida de Pacho, escenas sensitivas que manejan un ritmo detenido, una musicalización particularmente envolvente y una estética distinta, que en un inicio pareciera distante entre sí lo que se trataba de comunicar, pero que luego cobrara sentido con la revelación total de la imagen y el testimonio final de Pacho, entendiendo que desde el principio esa era la intención narrativa.
A través de la fotografía, complementada con la historia de vida de Pacho, se crea este guión, en el que se deja claro que las personas que aparecen en la imagen no son familia o conocidos de Pacho, no son sus almas ni sus ojos, pero su mirada es la misma que tenía su madre, su amigo, sus conocidos y él mismo cuando inició el periodo del salvajismo en Colombia, aquella de angustia y miedo que le recordó todo lo que había vivido.
“Las almas ni los ojos” es la representación de la lucha de muchos colombianos que desean abrazar el pasado que los persigue, que se vieron forzados a abandonar su hogar y a dejar atrás a personas que hacían parte de ellos, vivos o muertos. Esta película no solo logró impactar profundamente a quienes estábamos en la sala, pues en medio del rodaje, Pacho logró regresar a Anserma, recorriendo aquellas calles que tanto añoraba, visitando la casa de su padre y reencontrándose con su querido amigo Jorge, a quién tuvo que dejar atrás forzosamente a sus quince años, recordándonos como el acto de crear e imaginar puede llegar a sanar.