Filmar para transformar: el legado de Marta Rodríguez en el FICCI 65
Por Natalia Yañez
En el FICCI 65, el homenaje a Marta Rodríguez evidenció cómo su obra no solo fundó el documental en Colombia, sino que sentó las bases de un cine militante que hoy se transforma en prácticas comunitarias y sigue vigente en nuevas generaciones.
Antes de que empezara el homenaje, la pantalla ya había tomado la palabra. Planas: testimonio de un etnocidio y Campesinos marcaron el tono sin necesidad de introducciones. Las imágenes, atravesadas por la denuncia y el trabajo directo con comunidades, dejaban claro desde el inicio el tipo de cine que ha definido la trayectoria de Marta Rodríguez.
Cuando apareció en el Auditorio Alfonso Mejía, la conversación no partía de cero. Las imágenes ya habían planteado una posición: este no es un cine que observa desde lejos.
La pregunta del moderador llevó esa idea al centro: “¿Por qué desde las cámaras?”. La respuesta de Carlos Sánchez abrió una lectura más amplia que va más allá del cine: “Porque las cámaras son más efectivas que los fusiles”. Y añadió algo clave: hubo un momento en que la transformación social parecía pasar necesariamente por la vía armada, pero el tiempo demostró otra cosa. En ese tránsito, el cine —el suyo y el de muchos otros— ha contribuido a construir una nueva forma de pensar lo político desde lo simbólico, desde la imagen y la palabra.
Ahí es donde hablar de Marta Rodríguez como pionera se queda corto. Desde Chircales (1972), filmada durante varios años con una familia de ladrilleros en el sur de Bogotá, su trabajo no solo documentó la explotación laboral, sino que construyó una forma de hacer cine desde la cercanía y la permanencia . Esa metodología, basada en la observación participante, implicaba integrarse a las comunidades y construir el relato con ellas, no sobre ellas .
Ese camino, desarrollado junto a Jorge Silva y continuado en diálogo con colaboradores como Sánchez, sentó las bases de lo que hoy se reconoce como cine militante en Colombia. Sin embargo, durante el homenaje esa idea no se quedó fija en el pasado. Sánchez planteó que ese cine “se ha ido modificando” y que hoy se desplaza hacia lo comunitario: “los muchachos de los barrios están haciendo cine… cine militante, comunitario”.
La afirmación no reduce el legado, lo expande. El cine militante ya no pertenece a una sola generación, sino que se transforma en nuevas prácticas que siguen denunciando y narrando desde otros territorios.
Desde su propia experiencia, Marta Rodríguez ubicó ese proceso en perspectiva: “Empezamos cuando no había una industria… realmente fuimos los pioneros”. No como una afirmación de cierre, sino como punto de partida de algo que sigue en movimiento.