Chapacua cineasta: así culmina Cine en los barrios
Por Lauren Sierra Cine en los barrios es una de las iniciativas más representativas del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias, orientada a llevar el cine a comunidades fuera de los circuitos tradicionales de exhibición. Desde la década de 1980, cuando comenzaron a proyectarse películas populares —incluyendo cine mexicano— en
distintos sectores de la ciudad, el programa ha buscado ampliar el acceso al cine en barrios y espacios comunitarios.
A lo largo de sus distintas ediciones, y con variaciones en su realización, la iniciativa ha mantenido como prioridad acercar el cine a públicos que históricamente han estado al margen de las salas comerciales, promoviendo el encuentro en torno a la experiencia colectiva de ver cine en pantalla grande.
Es una forma de derribar la línea invisible que existe entre las salas de cine de los centros comerciales y la vida tan vibrante y movida de un barrio popular.
Cuando se instala una pantalla inflable en una iglesia, como se hizo en Blas de Lezo, o una cancha, como en Membrillal y Chapacuá, el cine recupera sus orígenes, donde la comunidad es parte de la historia.
Gracias a la alianza de FICCI con la Junta de Acción Comunal de Chapacuá, los vecinos se transformaron en cineastas: durante el festival recibieron talleres donde aprendieron a ser guionistas y protagonistas de sus propios cortometrajes.
Cuando llegó el momento de la proyección, los niños y adultos ocuparon las sillas plásticas con los dos infaltables para ver cine: crispetas y una bebida refrescante.
El director Joan Gómez Endara deleitó a todos con su película El árbol rojo, donde cuenta la historia de Eliécer, un hombre al que le dejan a cargo una hermanastra que no conocía. Él decide llevarla a Bogotá para encontrar a su madre, y en ese viaje se les une un lanchero con sueños de ser boxeador.
Por otro lado, la pantalla se llenó de vida humana con los niños actuando ante el lente y los adultos iluminando la noche del domingo con sus historias y memorias: todo esto fue la prueba de que con trabajo en equipo y mucho ingenio, un barrio entero puede convertirse en protagonista.
Aunque para el Festival fue la clausura, para los barrios es apenas el inicio de una nueva etapa; entre murmullos y pasos que se alejaban, quedó claro que no era el cierre, sino un “hasta pronto”. Se desmontan las pantallas y se guardan los proyectores, pero queda una chispa encendida y una alta expectativa de más y más: queda claro que Cartagena no celebra el cine una semana al año, lo hace todos los días de diferentes formas en sus habitantes, en sus niños que siempre tienen algo que contar. Por eso, con certeza, se sabe que Cartagena siempre será FICCI.