Tilda Swinton

Tilda Swinton

En el ejercicio escultórico y pictórico, en no pocas ocasiones es el material mismo el que devela el sentido último de la obra. La piedra, la dimensión del lienzo, la textura, el color van revelando poco a poco sus secretos. La materia no solo está al servicio del creador, es un ente creativo en sí. Así mismo podría definirse la presencia escénica de Tilda Swinton. Sería corto decir musa, porque ella no solo es inspiradora, no es únicamente un sujeto pasivo dispuesto a ser moldeado, sino que es parte del hecho creativo mismo. Este carácter de su trabajo está más que denotado en la obra conjunta con el icónico y revelador director inglés Derek Jarman, con quién inició su carrera en el cine en Caravaggio (1986), después de haber hecho parte de la Royal Shakespeare Company.

Su mirada como actriz podría remontarse –como ella misma lo dijo en 2014–, a la forma en que se veía a sí misma como una especie de representación de los retratos de sus antepasados. Ella enmarcada en ese frame, recortada en algo más que una individualidad. Pero la re-presentación en Tilda Swinton va mucho más allá del lugar común de ser otro: es ser ella misma a través de otros. Figura etérea y fluida que puede ser muchas cosas; esa capacidad de transformación gravita sutil –y a veces radicalmente– en cada uno de sus personajes. Figura que reconstruye la idea de lo femenino, no solo por roles como los de Orlando (1992) de la directora Sally Potter, sino por su presencia misma, indefinible. Una, que da otra perspectiva a esa hiper-sexualidad que enmarca los ideales de belleza establecidos, esos que en Swinton adquieren un carácter misterioso.

¿Qué es la belleza? ¿Cuál es su rol en la configuración de “lo femenino” y en la presencia actoral? El cuerpo de Tilda parece por momentos levitar y habitar, en tiempo presente, esas imágenes que en más de 50 películas han abarcado casi todos los géneros, con una encantadora particularidad, que parece resumirse en el amor con el cual es filmada por Jarmusch en Only Lovers Left Alive (2013), en una secuencia memorable que gira sobre el personaje y su forma de habitar el plano, y que parecería hablar más de la actriz que de su personaje. Con una claridad total al escoger y preferir el cine de mayor riesgo, Tilda ha sido un órgano constitutivo del trabajo de directores como Béla Tarr, Wes Anderson, Érick Zonka y Lynne Ramsay, entre otros . “We’ve had a nice life”, dice su personaje en el video clip de David Bowie The stars are out tonight, en el que parecería definir plenamente su paso hermoso y placentero –y perturbador– por este tiempo, una breve pieza de espejos y tiempos que la encadenan a eso otro ser etéreo e indefinible: Bowie.

En mi primera vez en el Festival de Cannes, no sabía muy bien que era el Festival, ni lo que era una estrella. En la primera película que vi The Man from London, de Béla Tarr, estaba ella, sin maquillaje y con ese algo indescifrable y fascinante. Verla en persona, era como estar ante algo de otro mundo. Real y a la vez no. Bella y a la vez no… Con esos ojos de gacela, siempre abiertos, sabedores de que algo acecha pero sin miedos. Unos ojos que miran sin velos, de frente y sin maquillajes físicos ni espirituales.

Con el paso del tiempo he pensado en Tilda como esa pieza de mármol que es la que en verdad le dice al escultor qué forma darle. Materia siempre nueva, siempre abierta, que impregna todo lo que la rodea. Al volver a ver Orlando, pensé en el amor con el que marca a todos sus personajes, un amor que, como no podría ser de otro modo, es parte de ella porque al final las películas, como todo lo que hacemos, no están más allá de lo que somos.

Escoger a Tilda para un cast implica escoger la transparencia y la levedad, una especie de deseo de no querer perturbar el mundo con su peso. Si tuviéramos que reconocerle un don no sería el de la fuerza, al menos no el de la fuerza como la entendemos, sino el de la potencia del amor y la belleza… en ellos se asienta su propio y enorme peso.