Bruno Dumont

Bruno Dumont

El cine de Dumont es un cine corporal, un cine físico, lleno de personajes feos y desnudos; planos cerrados en muchos casos, tomas largas, grandes silencios y paisajes áridos y en otros, planos que contienen a los personajes en formas inmensas, demarcado su fragilidad, su finitud. Un cine, además, emocionalmente extremo. Dumont propone una nueva narrativa que se construye desde lo visual, donde las personas son casi que un elemento más del paisaje o en cualquier caso “algo”, que sólo tiene sentido al insertarse en el plano y moverse dentro de él. El problema para muchos - y la virtud para otros tantos - es que eso que se ve en sus películas es una realidad no maquillada, sin artificios ni puestas en escena, un mundo mucho más cercano al real en el que las personas no esconden su lado oscuro, sus miedos, sus defectos… Pero sobre todo, donde las personas son complejas, demasiado complejas, y además complejas de una manera angustiante, descarnada y sin aparente posibilidad de redención.

Quizás por su formación como filósofo, Dumont plantea más preguntas que respuestas, más pesimismo que optimismo, más tristeza y desolación que alegría… Más una apuesta por la desesperanza. El ser humano está condenado a sí mismo, parecieran repetir sus películas, sin ambages, sin posibilidad de escape, puede ser por eso que sus personajes son seres tristes e insatisfechos, que ríen poco o mal. Una cinematografía, en principio, plagada de silencios que esconden un grito estruendoso: ¡Dios sálvame! ¡Amor sálvame! ¡Sexo sálvame!… Pero una y otra vez quien responde en Satán, el desamor, la soledad…

Una especie de metafísica que juega con lo filosófico y lo sociológico tratando siempre de penetrar en eso que nos define como humanos, así lo que encontremos no nos guste, porque nos expone demasiado y nos pone de frente con lo más primario: el sexo como pulsión animal, el impulso y lo incontrolado como motor de la vida, la violencia… una y otra vez la violencia… Y es que quizás, como dice uno de los personajes de Hadewijch, la violencia está en todos nosotros. ¿Más en el hombre que en la mujer? Pareciera una pregunta implícita en su cinematografía que comenzó con personajes masculinos (La Vida de Jesús, La Humanidad) pero que fue compartiendo el protagonismo (Flandres, Hors Satan) o cediéndolo a la mujer (29 Palms, Hadewijch, Camille Claudel, Jeannette)… mediante unos retratos que presentan a una mujer en permanente búsqueda y lucha contra sus propios demonios, y a un hombre que manifiesta sus frustraciones y sus miedos en estallidos de violencia.

Realista para unos, deprimente para otros, pero tras siete películas, justo en el momento que la mayoría creyó saber qué esperar de Dumont, apareció con genialidad su vena cómica y nacieron Le Petit Quinquin y Ma Loute. Pero claro, hablamos de Dumont, y obviamente hay “trampa” tras ese nuevo tono de comedia que tiene mucho de caricatura. Las mismas preguntas subyacentes, la misma desazón humana, la misma bestia con distinto atuendo, quizás aun más peligrosa, como todo lobo con piel de cordero…. Y es que sea cual sea el envoltorio, debajo de ese qué y ese cómo, las películas de Dumont son, sobre todo, el estado anímico que transmiten, el desasosiego que dejan, la aridez y la crudeza de sus paisajes y de quienes lo habitan, seres humanos del común, ordinarios, toscos, cotidianos, héroes y villanos, tiernos y crueles…

Que bebe de Bresson y Passolini, de Bergman, de Kiarostami… Que reinventa o rompe la tradición francesa, tanto estética como moralmente, a través del cuestionamiento de la espiritualidad y, en últimas, de todo lo que nos hace humanos… Mucho se ha dicho tratando de conectar el cine de Dumont con quienes le precedieron, de la misma manera que se mucho se dirá tratando de conectar con él a los que vengan después. Eso es lo que pasa con quienes se atreven.