Apichatpong Weerasethakul

Apichatpong Weerasethakul

Cada película de Apichatpong Weerasethakul invita a su espectador a un viaje en distintas direcciones y con consecuencias inciertas. En él, en sus películas, coinciden los dos grandes modelos arcaicos de narrador que distinguió Walter Benjamin: el marino que viaja por los océanos del mundo, y que regresa sobrepasado por lo que vio hasta el punto de necesitar, a todo costa, contarlo, y el campesino sedentario que ha acumulado una experiencia intensa e invaluable, de tanto observar siempre lo mismo. En los dos casos, el narrador cumple un papel central en la comunidad a la que pertenece. Es el garante de la continuidad de una tradición, es decir, de su perpetua renovación.

Joe, como se ha convenido llamarlo, es tailandés. Su obra artística evidencia una compenetración profunda –como la del campesino sedentario– con los distintos niveles en que una cultura toma posesión del mundo. Desde las formas más cotidianas del conocimiento que se expresan en los saberes más necesarias para la prolongación de la vida, como la medicina o la gastronomía. Hasta los más elevados, aquellos que tienen que ver con conquistar un propósito de orden espiritual para que la existencia no sea un lánguido desperdicio de tiempo. Pero Apichatpong no reconoce esas distinciones entre lo alto y lo bajo, lo noble y lo plebeyo, lo espiritual y lo sensual. Su cine contiene vida, la genera, no solamente la registra en tono documental. Y su mirada abraza todo cuanto existe, religa, une lo disperso. Pero sin quedarse jamás en el altar reservado a los iluminados. Es narrador, es decir Joe, uno más entre todos, en torno a un fuego que calma el desamparo y la intemperie común, y no el sacerdote que oficia un culto secreto y exige sacrificios. Por eso le interesa más la story que se construye entre todos y no la history que escriben los vencedores.

Los viajes que su cine dispone para el espectador no se reducen a los habituales desplazamientos en el espacio y el tiempo –los del marino–. Hay iguales o mayores desafíos en esos viajes al interior de los personajes, a sus memorias primeras, al contacto con las imágenes fundadoras. Pero el cine es un arte de la superficie y la milagrosa transmutación que nos deparan sus películas es ver lo más profundo a través de las apariencias y de los sentidos. Así, el regreso a los orígenes de un personaje no ocurre en niveles retóricos sino al contacto con la materia del mundo, como en el descenso a la cueva en Uncle Boonme Who Can Recall His Past Lives. Son, en todo caso, siempre viajes a lo desconocido, cuyo modelo es el corazón de la selva o del bosque –como en Blisfully Yours o Tropical Malady– que nos conecta con nuestros miedos y deseos más profundos.

Nada hay más equívoco que asociar el cine de Apichatpong a las ceremonias para iniciados del cine de auteur convencional. El alimento de su cine, como el de casi todo gran artista, es lo popular. El mito, la leyenda, la superstición, la magia, la precariedad, la desposesión, la enfermedad, el cuerpo. Su forma de narrar –que no se agota en el cine sino que se abre a una diversidad de formatos, experiencias y lenguajes– está entrelazada a la tradición de los grandes cuentacuentos, que cuando quieren darnos un concepto recurren a una imagen. Las verdaderas narraciones populares, las que están vinculadas a la raíz de lo colectivo y no a su manipulación mercantil, proceden por tanteos, utilizan digresiones, nunca van en línea recta, incluyen una historia dentro de otra historia, un cuento dentro de otro cuento. Y eso hizo siempre Joe desde su inicial Mysterious Object at Noon hasta su última, Cemetery of Splendor. Un arte narrativo de la deriva, abierto, libre, indeciso, una carta de amor al espectador.