Brillante Mendoza

Brillante Mendoza

Brillante Mendoza irrumpió en el cine mundial hace apenas una década, con una personalidad singular y la potencia en la mirada de aquellos que, como si vinieran de un mundo extraño, ven las cosas por primera vez. El director, nacido en Filipinas en 1960 y quien durante veinte años trabajó como diseñador de producción y director de arte, venía a su vez cargado con las voces y susurros de la tradición. La prodigiosa acumulación de personajes, lugares, objetos, fuerzas de la naturaleza, emociones, costumbres que pueblan sus películas lo revelan como un agudo y compasivo observador de la vida, consciente de su lugar en ese universo y dotado de las herramientas del artista para hacer comprensible –y hermoso– lo que en manos de otros serían un amontonamiento de caos sin sentido.

Las películas de este director que estremeció al Festival de Locarno con su ópera prima Masahista (2005) y que a partir de ahí ha recibido infinidad de premios y reconocimientos, son también hijas de tradiciones fílmicas que nacen de la fuente común del realismo (neorrealismo, cinéma vérité) como actitud ante la vida y su representación artística. Aunque se desprendan de ese tronco principal, sus películas, no obstante, parecen inventarse en el acto y generarse con milagrosa espontaneidad ante nuestros ojos. Es como si la vida, con toda su extensión y complejidad, naciera directamente de su cámara siempre inquieta y vagabunda, capaz de atravesar capas de realidad hasta hacernos creer que el mundo filmado estaba allí esperando para ser revelado por su cine.

Aunque Mendoza es comúnmente asociado a los paisajes urbanos y a la orgánica sinuosidad de la vida en la ciudad, algunas de sus películas como Kaleldo (2006), Manoro (2006) o Sinapupunan (2012), muestran que el director está compenetrado con la naturaleza y sus fuerzas y tiene una comprensión casi panteísta del universo. En eso, es visible su vínculo profundo con la historia, la cultura y la geografía de Filipinas, esa isla que prolifera y se repite, ese mundo barroco que ante el asedio permanente de una naturaleza amenazante reacciona acumulando, amontonando, estrechándose.

La habitación propia o el cálido e individualista intérieur burgués, son por completo ajenos a la concepción del mundo que tiene Mendoza. En sus películas, la vida de sus personajes se despliega y adquiere sentido en un magma comunitario: un club de masajes para clientes gays como en Masahista, un teatro devenido burdel como en Serbis (2008), o en los entornos familiares de películas como Lola (2009), Sinapupunan o Kaleldo, donde esa fantasía occidental de la familia nuclear es corregida y ampliada para admitir una multiplicación de vínculos posibles. A unos ojos prevenidos esto le puede parecer miseria, suciedad, promiscuidad, desorden. Mendoza cuestiona precisamente las representaciones ideológicas de la pobreza y el vampirismo mediático de la miseria presentando con frecuencia, equipos de rodaje que como en el caso del que aparece en Lola, registra la excepcionalidad etnográfica de la pobreza con una mirada normalizadora, que solo es capaz de ver hechos aislados e imágenes emocional y políticamente manipuladoras, y no universos completos que expliquen el contexto general en el que muchas formas de vida son legítimas.

Con una excepcional claridad política, el cine de Mendoza pone en tensión las ideas adquiridas de normalidad y anormalidad, tradición y transgresión. Por eso, con plena conciencia de sus medios es capaz de ir más allá de las imágenes “aceptables” representando sin miedo los muchos matices posibles de la sexualidad y la violencia, hasta llegar, en casos como los de Kinatay (2009), a provocar verdaderas revulsiones en el espectador normatizado. Pero a diferencia de tanto provocador gratuito, las transgresiones de Mendoza nacen de una visión orgánica de la vida donde lo biológico y lo espiritual, lo material y lo místico están en igualdad de condiciones ante sus ojos humildes y maravillados.

Pedro Adrián Zuluaga