Kim Ki-Duk

Kim Ki-Duk

La trayectoria artística de Kim Ki-duk, nacido en Corea del Sur en 1960, tiene muchos puntos en común con la de algunos de sus frágiles y atormentados personajes. Sus películas, ancladas a la historia de su país, han encontrado la manera de hablar un lenguaje universal frecuentando territorios como la culpa y la redención, la soledad y las obsesiones, la búsqueda del amor y el fracaso de esa tentativa. El director pone en escena cuerpos y espíritus rotos. Sus personajes están escindidos, partidos en dos como el territorio mismo de Corea.Kim Ki-duk desconfía de los diálogos o sabe, al menos, que el lenguaje es solo una parte de la casa del ser. Para él, el cuerpo, la naturaleza, los objetos tienen un lenguaje propio. Los protagonistas de films como Hierro-3, La isla o El arco establecen unos códigos de comunicación no verbales que con frecuencia pasan por la violencia del cuerpo. Este último matiz lleva su cine muy lejos en cuanto a confrontación y desafío. El silencio, el poder de la imagen sobre el de la palabra o la contemplación se inscriben en tradiciones filosóficas, religiosas y plásticas de Oriente.Pero al convivir con el maltrato corporal, la mutilación, el sadomasoquismo o las relaciones de poder que tienen al cuerpo como su teatro de operaciones, toda esa estética contemplativa se desestabiliza y da pie a un visceral melodrama que no repara en provocar al espectador.Su confianza en la imagen le viene, con toda probabilidad, de sus estudios de pintura en Francia. Y su desconfianza en las palabras está, tal vez, asociada a la inscripción social de sus protagonistas:casi siempre marginados que viven en una frontera física o moral, o en ambas, y que no quieren o no pueden articular un relato coherente sobre sí mismos. Personajes como los de Dirección desconocida o Pietà siempre están en redefinición y tránsito. La estabilidad a la que ocasionalmente acceden es ilusoria y pasajera. No hay padres, no hay pasado, y el futuro es un paisaje incierto. Su cine en general, y muchas de sus películas en particular, avanzan del realismo al sueño abriendo zonas que permiten escapar de la opresión cotidiana. La obra de Kim Ki-duk es prolífica y reciente, pero se ha hecho un lugar imprescindible en las audiencias occidentales por la fuerza y convicción de su puesta en escena, la singularidad moral de sus personajes y la manera como actualiza preguntas sobre la existencia humana que obras como las de Martin Scorsese, Abel Ferrara, Paul Schrader o Carl Theodor Dreyer ya se habían formulado antes. Cuestiones que tienen que ver con los dilemas más profundos a los que nos enfrentamos. Las respuestas de Kim Ki-duk, a tono con el escepticismo de nuestro tiempo y con la traumática historia de su país, son siempre abiertas, provisionales. Las debe terminar un espectador activo y compenetrado.