Darren Aronofsky

Darren Aronofsky

Iconoclasta y contrabandista a la vez, Darren Aronofsky es un caso singular en el cine norteamericano de los últimos años. Si se mira su trayectoria, desde Pi, el orden del caos(1998)hasta Noé (2014), se podría pensar que se trata de un director que hizo el previsible y triunfal recorrido desde las huestes del cine independiente hasta los grandes presupuestos y el corazón mismo del sueño hollywoodense. Pero las cosas no son tan sencillas. En cada proyecto de este director norteamericano de orígen judío, se puede rastrear la constancia de unos temas y la persistencia de unas obsesiones, que se alejan de las modas pasajeras y del cinismo reinante en la cultura del espectáculo. Por el contrario, los filmes de Aronofsky no dejan de hacerse preguntas que conciernen a la fe, la enfermedad, la muerte, la soledad o la vejez, es decir,los grandes interrogantes de la condición humana.Entre el brillante y atormentado matemático protagonista de su ópera prima, y el no menos atormentado patriarca bíblico, hay una línea de continuidad: la de personajes sobre los que pesa una enorme responsabilidad y a la vez una inmensa soledad. La misma soledad de la madre y el hijo adictos de Réquiem por un sueño, del excampeón de lucha libre que lidia con el ocaso de su carrera en El luchador o de la bailarina que, incluso a costa de su propia integridad mental y física,quiere consagrarse en el exigente y despiadado mundo del ballet en El cisne negro. Aronofsky es un autor, incluso cuando filma con un presupuesto de 130 millones de dólares como en Noé. El director expresa su visión del mundo a través de personajes movidos por una idea fija,y que saben que no pueden renunciar a su destino. Como a los grandes iconoclastas, las dificultades no le han sido ajenas. Tras el éxito de Réquiem por un sueño, su siguiente película, La fuente de la vida, se estrenó seis años después, luego de problemas con el estudio y el retiro de sus actores protagonistas. Pero como los grandes contrabandistas ha sabido aprovechar los huecos y desatenciones del sistema para salirse con la suya y conformar una obra que es prueba de coherencia en un medio inestable y competitivo donde, como en el ballet, solo los mejores sobreviven.